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- Betsabé Guzmán

- 12 ago 2025
- 2 min de lectura
Como si fuera tal cual un golpe de calor, el pasado jueves platiqué con distintas personas de las que percibí en su rostro una preocupación que me impactó.
Por la mañana, saludé como de costumbre a un joven que labora en la recepción, del área de Fisioterapia de un hospital privado. Le pregunté cómo estaba y de inmediato su respuesta fue: “bien, pero preocupado por la incertidumbre que pasamos los que laboramos aquí”.
Me comentó que el martes le habían pagado la mitad de su quincena y no era la primera vez que ocurría. Conmovida, no encontré palabras para externarle que sentía mucho que un joven como él -atento, amable y trabajador- pasara por tal situación.
Un par de horas después abordé un taxi, fue con un conocido y para hacer plática le pregunté: ¿cómo vas con lo de los útiles escolares?, a lo que me respondió con una voz apesadumbrada: “pues ahí vamos, en donde estudian mis hijos, la misma escuela los vende, y ya nos dijeron que por cada uno serán 12 mil pesos (útiles, inscripción, y quiero pensar uniformes) así que debo juntar 24 mil pesos por los dos niños”.
Sentí un balde de agua fría, otra vez me quedé sin palabras; qué le podía decir. Por fortuna llegamos rápido al sitio donde iba, pagué y le deseé un buen jueves.
Por esos dos momentos que acabo de narrar, vino a mi memoria la crisis de 1994. En ese tiempo laboraba en un periódico como reportera. Un buen día que llegó la quincena nos informaron que sólo nos pagarían la mitad. Quincenas más adelante nos dijeron que no se nos pagaría, hasta la siguiente.
En mi caso me había puesto ahorrar y en caso de carecer la quincena, tuviera de dónde hacer frente a los gastos. Tenía una ventaja: no tenía familia qué mantener, pero pensaba en mis compañeros que sí la tenían, debían comprar despensa, pagar colegiaturas y quizá renta.
Al poco tiempo estalló la crisis de diciembre de 1994, que muchos de los que ahora están en el gobierno u ocupan un cargo de elección popular, la vivieron, criticaron la falta de previsión, descalificaron la decisión que en su momento tomó el presidente de la república.
Percibo un ambiente similar, en un día me encontré a dos personas que pasan por una situación económica difícil, que ni el trabajo les garantiza que resolverán sus necesidades más apremiantes.
En tanto, por otro lado, todas las mañanas en una conferencia de prensa matutina nos dicen que todo está bien. Ese es el problema cuando no se quiere aceptar una realidad, de cuando sigues una narrativa porque políticamente es lo conveniente.
Quizá muy el fondo sabe lo que pasa, pero no puede o no quiere tomar sus propias decisiones y faltan 52 días para que se cumpla el primer año de gobierno. Hasta este día, no he encontrado el motivo de celebrar que por primera vez haya llegado una mujer a gobernar el país.
Contrapunto: Un niño de 5 años (Fernando) fue asesinado porque su mamá no pudo pagar un adeudo de mil pesos. Me pregunto que pasó por la mente de esas personas para que fríamente ejecutaran tal acción.




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