El optimismo militante como deber ciudadano
- Alan Álvarez

- 16 jun 2025
- 1 min de lectura
Hay una trampa peligrosa que pocos saben nombrar, pero muchos padecen: la learned helplessness, o “indefensión aprendida”. Es ese estado mental en el que, tras años de decepción o abuso, uno deja de luchar porque asume que nada cambiará. Morena, más allá de sus programas y slogans, ha logrado instalar en millones de mexicanos una peligrosa idea: que son invencibles, que no importa cuánto votes, cuánto marches, cuánto alces la voz… ellos siempre ganarán.
Pero eso no es verdad. La historia nos lo grita.
¿Acaso no parecía eterno el PRI en 1988? ¿No parecía imposible derribar el muro de Berlín en 1989? Los regímenes que se sienten eternos caen de forma repentina cuando la sociedad despierta, se organiza y actúa con convicción. El gran cambio no viene de las cúpulas, sino de abajo: de madres que se hartan, de jóvenes que se niegan a heredar el cinismo, de ciudadanos comunes que deciden pelear por un país mejor.
Por eso, el optimismo no es ingenuidad. Es militancia. Es decir: es una postura activa ante la adversidad. No se trata de pensar que todo saldrá bien porque sí, sino de comprometerse a trabajar para que salga bien, aunque el panorama se vea oscuro. Optimismo militante significa no rendirse aunque todo indique que ya perdimos.
México puede cambiar. Pero necesita personas que crean que sí se puede. Que no se dejen vencer por la resignación. Que entiendan que la esperanza, cuando se organiza, se vuelve poder.





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